PERSONA (1966) Dir. Ingmar Bergman

El teatro está en silencio, la actriz principal también. Ella perdió la voz mientras hacía una interpretación teatral de la obra griega Electra. Tragedia. Silencio obligado. Confusión. La clínica está en silencio mientras una joven y diligente enfermera decide ayudarla para devolverle su voz y sus certezas. Pero es claro que la actriz fue quien decidió callar para siempre y rehusarse así, a repetir su propia tragedia. Sus propias mentiras. Silencio voluntario. Vértigo.

Con una trama inquietante el director empieza a reflexionar sobre la verdad, la identidad y la existencia. Una actriz de teatro (Liv Ullman) y una enfermera (Bibi Andersson) como en un espejo, se cruzan miradas y se unen en ellas para reconocerse en las palabras de una y en el silencio de la otra. Las máscaras han caído y por fin dejan ver la verdad en los gestos anodinos y desnudos de ellas; en el momento perfecto y hermoso de unos labios que nunca terminan por abrirse. Que nunca terminan por cerrarse.

La analogía de la actriz sin voz resuena con fuerza y subraya que lo cierto y lo falso, lo real y lo imaginario (el director inserta sueños y pensamientos sin distinción ninguna con el mundo real de la película), la mentira y la verdad tienen un límite difuso, indescifrable, subjetivo. Porque la actriz antes de callar, escupía palabras ajenas que le recordaban sus impronunciables y abyectos deseos de vivir sin legado. Se cansó de mentir. Acá retomo una conocida reflexión que Orson Welles insistía en probar: la farsa en el arte, en el cine. La farsa entendida desde la ficción y la invención, desde los grandes imaginarios; mundos prestados que los actores reviven frente a una cámara. Un pequeño fraude, una pequeña mentira. Por eso, para la actriz, en el silencio se enrosca la verdad. Las palabras son necias, innecesarias, redundantes, inexactas. Son retórica de lo conocido, de lo categorizado, de lo formal. De lo incómodo. Pero infortunadamente, los seres humanos necesitamos respuestas, y el silencio tan distante e ilegible, muchas veces nos empuja a la locura y al delirio.

La historia nos revela que una de ellas decidió no volver a hablar, mientras la otra es incapaz de entender que el sosiego está desprovisto de palabras (una poderosa secuencia se repite en la película dos veces, la primera, con la cámara frente a la actriz, la segunda, con la cámara frente a la enfermera). Una de ellas se encierra en un soliloquio que la otra parece no escuchar. Simbiosis de dos mujeres que comparten la misma soledad. Ella calla, ella grita, ella llora, ella ríe; ella desea, ella ama. Ella hiere, ella duerme. Ella lastima, ella imagina. Ella es mar, ella es sal; ella es certeza, ella es desventura. Ella es resistencia, ella es presencia. Ella es silencio, ella son las olas.

El alma femenina es retratada por el director en una casa de campo perdida en una isla sueca. Dos mujeres solitarias en un paraíso de promesas vacías. Las acompaña una cámara que privilegia los primerísimos primeros planos: encuadra cada movimiento, cada insinuación, cada silencio. Estamos nosotros los espectadores oyéndolas respirar a nuestro lado. El drama está cerca; su cotidianidad, sus miradas hipnóticas, podemos hasta escuchar cómo se pausa la respiración. Dos mujeres frente a frente que dejan sus poses en la ciudad y que nos dejan imaginar eufonías de lo que nunca fue: el gemido de un romance. La canción de piano que acompaña una nueva amistad. El viento golpeando la espalda de una mujer que huye. El sonido de rocas cayendo al agua mientras alguna de ellas imagina el aburrimiento. O las olas rompiendo la tarde en una isla sin anfitriones.

Persona, palabra derivada del latín que expresa singularidad de los individuos, como también personaje teatral o máscara de actor. Y es que el título es un gran acierto, primero, por lo provocador que pudo haber sido para una película sueca de un director sueco usar un nombre latino y segundo, porque es el más inspirador punto de partida para reflexionar sobre la condición de estar vivo. Sobre la tragedia que para muchos es respirar. La naturaleza humana descrita con sutileza, delicadeza y mucha belleza. Ingmar Bergman es un artista imprescindible que revela en cada película los misterios del alma humana. Un cine íntimo, apasionado, profundo. Libre y transparente. El cine como necesidad, “como el hambre y la sed” según sus propias palabras. Una revelación necesaria en tiempos donde nada parece ya importar.

Persona oprime, confunde, encierra y cuestiona. Un drama que nos desacostumbra a ver la vida con comodidad. Un relato complejo que toca las emociones sin pudor y que desde la libertad artística nos deja escucha una tragedia en la que todos nos reconocemos. Silencio.

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