YOUTH (2015) Dir. Paolo Sorrentino

Después de su exquisito y delirante filme La Grande Belleza, Paolo Sorrentino decide cambiar su Roma decadente del siglo XXI por un escenario que no resulta menos interesante, pero definitivamente más inexpresivo: un hotel sin tiempo enterrado en los Alpes Suizos. Hasta ahí llegan las personas para escapar de su presente y poder encontrar, en ese lugar aristocrático y apático, nuevas musas que les permitan vivir siempre inspirados. Pero no es cierto que la tranquilidad sea calma. El sosiego aburre y termina por empujar a las almas heridas a convivir con ellas mismas día tras día, a mirarse frente a frente y reconocerse en el miedo. Un encierro necesario que sana y resigna; que decanta contradicciones y que juzga en su pasividad el tiempo perdido.

Es así como el director se arriesga a reflexionar en Youth sobre la juventud, la memoria y la creación. En un canto melancólico y esnob atraviesa con metáforas la vida de un grupo de personajes abatidos y confundidos que esperan encontrar, en medio del aislamiento, un mejor final para sus propias historias. Un relato que puedan soportar y que valga la pena contar, o por lo menos, recordar. Las montañas suizas recogen entonces, los años, los recuerdos -si los hay- y los dolores irresolutos de mujeres y hombres atados a sus expectativas vencidas.

En la película, la inspiración siempre es femenina y recurrente, difusa y ajena: la musa perdida entre seres que ya olvidaron amar. Los artistas, por contraste, son hombres disipados y sufridos que intentan encontrar sus motivaciones artísticas entre la introspección y el cansancio. Dos octogenarios intercambian conversaciones mientras intentan darle color a recuerdos que ya murieron. Uno de ellos (Harvey Keitel) un director de cine que no quiere perderse en el olvido recurre a un grupo de jóvenes guionistas para que le ayuden a terminar lo que sería el final de su obra maestra. Una última película protagonizada por su eterna diva de glorias pasadas: una volátil Jane Fonda. Siempre él junto a ella, sin importar que todas las demás actrices que han pasado por su cámara le cuestionan en una escena onírica y preciosa (un agobiante epítome de sus mujeres en monólogos fragmentados) su propia obra, su arte, sus ficciones.

Michael Caine le presta su sobriedad a un resignado músico que, herido y solitario, recuerda entre las montañas la razón más profunda para componer: el amor insustituible. El amor romántico y académico que se pierde entre los años y la enfermedad. Por eso, decide no dirigir más una pieza musical que solo es honesta si la interpreta la única mujer que ha podido amar con simpleza: “nos gustaba pensarnos en una simple canción” se repite. Pero el tiempo incansable la dejó suspendida entre el delirio y la quietud. Solo vive entre partituras y secretos. El dolor del compositor es agudo y paralizante y, por eso, se pierde a voluntad en un bosque generoso y hermoso para crear ahí, entre vacas y pájaros, una polifonía natural que le recuerda la hermosa costumbre de enamorar con poco.

Estos dos ancianos que olvidaron los rostros de sus familias y que dejan que sus días en el hotel empiecen por preguntas como “¿ya pudiste orinar?” han sido consumidos por la vejez e intentan recordar sus vidas como les gustaría que las recordaran los demás. Se suman a ellos un actor que pretende construir un nuevo personaje inspirado, al parecer, en sus propios prejuicios y principios y con ello, enterrar su antiguo papel por el que siempre parece ser recordado: él es un artista que debe ser olvidado para volver a existir. Aparecen reflexiones metafísicas alrededor de varios personajes: un monje que levita y nos enseña sobre la certidumbre y su inutilidad; una mujer convencional interpretada por Rachel Weisz (siempre creíble) traicionada por un novio seducido por musas de plástico; una prostituta joven que les recuerda a los hombres que el tiempo sí pesa; una masajista de belleza pueril con sus sueños intactos; una pareja cansada que se protege en el silencio; y Maradona, claro, jugando como un niño mientras su cuerpo le repite que lo mejor ya pasó. Y entre drama y drama, pequeños intermedios musicales (una banda sonora creada para oír los pensamientos de los personajes) que calman la desventura de vivir enterrados en el pasado o en el futuro.

La inspiración es revelación. Es perdón, muerte, mentira. Un viaje inútil o una nueva historia de amor. Lo cierto es que la arena de los años cada día se desvanece más rápido entre nuestras manos, y con ella, la oportunidad de seguir persiguiendo musas que difícilmente vuelvan su cabeza atrás.

“-¿Sabe qué le espera afuera? -No ¿qué? -La juventud.” Le repiten a un hombre que parece vivir su último día de la vida.

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