MAGNOLIA (1999) Dir. Paul Thomas Anderson

“We may be through with the past, but the past is never through with us.”

Paul Thomas Anderson no miente. Sus personajes en esta hermosa fábula, sí. Mienten para evitar el amor, para negar un pasado imposible de silenciar, para permitirse vivir sin culpas; para aliviar de alguna forma el peso del destino. Para creer, que la casualidad es un plan elaborado y no tan solo un acto del azar desprovisto de sentido común. Elección, verdad, coincidencia, suerte, tiempo. Orden. Es acá, en estas palabras, donde todos nos encontramos tarde o temprano. Donde todos coincidimos. Es por eso que el director une en una sola historia el drama de diez personas que caminan en círculos cansadas de una vida distante, arbitraria y casi ajena que nunca soñaron, y que, desde el pasado de cada uno de ellos, les recuerda que muy pocos sobreviven a la mentira.

Un presentador de televisión octogenario de secretos innobles, una esposa infiel de amores tardíos, un enfermo terminal sin tiempo para el perdón, un niño sabio cansado de su niñez. Un enfermero derrotado por la generosidad, un homosexual acomplejado que “tiene mucho amor que brindar”, una joven adicta que usa la verdad para no amar. Un policía torpe, decente y frágil. Un gurú del sexo y la conquista sin pasado. Un mosaico desafortunado que retrata las agonías de una sociedad que se alistaba para recibir el nuevo siglo.

La película comienza con una crónica histórica, con tres noticias dramáticas, algo irónicas, una especialmente ridícula, pero las tres ciertas (por eso el oportuno uso del lenguaje semidocumental en esta primera parte). Esto aclara de entrada, que desde siempre se han registrado esos relatos fatídicos que evitamos creer sin importar que estos no oculten verdades. Luego la historia avanza al tiempo presente (Los Angeles, 1999) para narrarnos vidas profundas y confusas, igualmente dramáticas e irónicas, algo ridículas, pero también ciertas. Se establece entonces una relación con la realidad que debemos intentar aceptar (la suspensión de la incredulidad, como en el arte, debería aplicarse a la vida misma). Una relación con lo inverosímil que nos cuesta aceptar. Porque no queremos entender que nuestras vidas naufragan entre historias que muchas veces no decidimos vivir. Cargar para siempre con el peso de decisiones ajenas. Injusto, cierto, inamovible. Una lógica que empieza a recoger violencia, egoísmo, rabia, soledad, enfermedad. Amor. Y poesía, cuando todos los personajes cantan en un coro sublime y espontáneo la melancolía de la vida (hermosa banda sonora de Aimee Mann que resalta la derrota y la carencia). La cámara con respeto -y en círculos- los sigue mientras estos, en total quietud, buscan la verdad entre lágrimas y sapos bíblicos (Éxodo 8.2: porque si tú no lo dejas ir, yo castigaré con ranas a todo país). Porque para redimirlos, el cielo se rompe y deja caer una plaga sin tiempo y excéntrica que les demuestra que absolutamente todo es posible, hasta el perdón.

El director con bastante tacto nos relata dos días con sus noches para demostrar en una extraña parábola, el cansancio que produce pelear con el pasado. Con los tiempos que no son nuestros; pelear con el inobjetable destino. Porque somos empujados a vivir bajo la tutela de la suerte y la casualidad. A viajar a través de un mundo infinito pero opresor, de ambivalencias, de refugios inventados. A viajar entre preguntas que no queríamos responder y juegos que no queríamos jugar. No es divertido. Dejó de serlo cuando sonreír cada vez fue más difícil. Más doloroso. Cuando fuimos desterrados de nuestras fantasías pueriles. Suena Logical Song de Supertramp y uno de nuestros personajes intenta recordar dónde dejó la felicidad. Irónico pero cierto. “Si no hay sol, Dios manda la lluvia”, alguien en la película lo repite.

La lluvia cesa y cada uno de nuestros personajes se traga -como sapos- su propia arrogancia y empiezan un viaje final de arrepentimiento y valentía que lentamente les recuerda sus roles en este espacio perecedero y breve; y la tristeza y el odio que reposaban con rabia en lo más profundo de sus almas le abren paso a la resignación y al perdón. Y se asoman al aire rostros que parecieron haber abandonado el miedo. Una suave sonrisa se dibuja. Se nos dibuja. Y por fin creemos que después de estrellarnos una y otra vez con nuestra pequeñez, la vida nos ha dado el poder sobre nosotros mismos, pero todos profundamente sabemos que es una gran mentira. Una casualidad más.

…It’s not going to stop.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s