THE GRAPES OF WRATH (1940) Dir. John Ford

El destierro obliga a los seres humanos a convertirse en fantasmas. Hileras infinitas de familias suspendidas entre la vida y la muerte. Han sido expulsadas de su tierra y condenadas a un viaje doloroso de eterno cansancio. Sus rostros distantes tienen la mirada de quien renuncia a la ilusión (solo basta reparar en las fotografías de Dorothea Lange, o para señalar un caso más cercano a nosotros, las de Jesús Abad Colorado, para confirmarlo); gestos neutrales de personas que, a pesar de todo, se niegan a ser olvidadas. Resisten en silencio. Sobreviven. Son testimonio mudo de esta y de todas las épocas, porque la migración impuesta no es anacrónica, mucho menos exclusiva: norteamericanos, colombianos, venezolanos, sirios y africanos han caminado y lo seguirán haciendo para poder encontrar donde asentar sus nuevos sueños. O donde enterrar una vida que nunca pudo ser.

La cámara acompaña con respeto a esos estadounidenses errantes que, obligados, salieron de sus tierras para buscar en el otro extremo de su país la quimera de un trabajo digno. Desfila entonces frente a nosotros la gran depresión americana de comienzos del siglo XX. La eterna lucha por la tierra con el desenlace de siempre: los bancos desahuciando a los desafortunados, la violencia y la rabia vagando al lado de los más pobres, la invocación seguida de un dios que no quiere escuchar. La terrible diáspora. John Ford convierte el dolor en una película hermosa. Me permito el oxímoron para describir en forma las virtudes del director para contar una historia que merecía tacto y mucha honestidad (el libro homónimo de John Steinbeck logra su propio universo visual con mucha credibilidad).

Y es así como los personajes se ahogan entre una crisis económica sin precedentes y la vastedad de un paisaje accidentado, seco y no menos cruel. El director logra hacer una película atemporal, cruda y muy real (en 1989 este film fue escogido por el congreso de su país para ser preservado por su significado estético, histórico y cultural). Maestro. Y al igual que en el libro, deja en manos de los Joad, una familia desterrada de Oklahoma, ese viaje incierto que revelará un espíritu humano fracturado y muy debilitado. Porque la fuerza del hambre, del dolor y de la desesperanza continuamente se atraviesan para arrinconar a personas hermosas que se refugian en sus familias y en los recuerdos de su tierra. Historias de amor que dignifican a los olvidados. Como la del abuelo que liberó a los suyos renunciando a su propia vida, o la del amigo cercano de los Joad que decidió quedarse a vivir en sus recuerdos.

Porque este caminar sin tiempo evidencia las consecuencias ineludibles de una de las épocas más difíciles de los Estados Unidos y del mundo. Una historia que vive sin esperanza entre personajes sin escrúpulos y ansiosos. “… entonces, ¿a quién matamos?” escupen los derrotados. La fe se pierde y hasta los predicadores proscritos renuncian a las certezas (un personaje que me recordó a los curas guerrilleros de la Colombia en los años 50); porque la violencia nos enseña una paradoja, nos enseña a entender que cuando hemos sido empujados a la locura los juicios de valor se modifican: “… no hay pecados ni virtudes”, solo personas sobreviviendo.

Pero a pesar de todo, la ira general encuentra reposo en la generosidad y la resignación; los niños siempre tienen un plato de comida gracias a los viejos que decidieron morir de hambre. Todos los días el sol de siempre despunta y los migrantes, después de enterrar muertos, despedir cobardes y trabajar por un pan diario, se permiten por un momento descansar. Porque la decencia y la rebeldía siguen habitando al interior de héroes desterrados que, como nuestros protagonistas, Ma Joad y Tom Joad, se sacrificaron en un viaje innoble y contra un sistema abyecto solo para que los más jóvenes crecieran sin temor a la suerte. Esa ira fue necesaria para prometer un país sin hambre y menos indolente, donde los hombres puedan nacer y morir en la tierra de sus apellidos, un mundo donde el débil pueda dejar de serlo y el anciano pueda ser escuchado; donde se decida la locura por convicción y no por hambre. Un mundo, que como lo hace Henry Fonda en la película, le cante al amor que nace en una tierra que no se va a abandonar.

El viaje pareciera detenerse frente a la posibilidad optimista de mirar los días con mayor ilusión. Pero el viento seguirá soplando, con él se irán las victorias y las derrotas; con él llegarán promesas y sueños más jóvenes. Letra muerta.

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