PSYCHO (1960) Dir. Alfred Hitchcock

“¿Tú qué sabrás de humanidad?” Norman Bates

Hitchcock ubica la cámara donde nosotros los espectadores hubiésemos puesto la mirada. Se adelanta a nuestra curiosidad; nos obliga a querer ver más de algo que él ya decidió no mostrar. Nos deja en suspenso. Así es él.

Saul Bass (el omnipresente artista gráfico creador de los carteles y las intro de muchas de las películas de Hitchcock) por medio de una secuencia inicial rítmica y precisa, nos da entrada a una historia que le enseñó al espectador americano a disfrutar de la incertidumbre, y a la industria del cine de los años 60 a entender que el blanco y negro, y los presupuestos reducidos, también producen grandes obras cinematográficas. Desde una perspectiva histórica, es aquí, donde la violencia gana simpatías en un público que le es imposible repudiarla, es más, la aplaude. Sobria, auténtica, cínica.  

Una persiana sin gracia se retrae y comienza una elegante secuencia al inicio de la película que nos guía, sutilmente, hasta una ventana entreabierta de un cuarto de un edificio intrascendente en Phoenix. Ahí, frente a tantos secretos, la cámara nos empuja adentro para que seamos testigos de una paradoja, que como muchas presentes en los dramas humanos, debe su existencia a los amores imposibles, al sexo urgente de los amantes, al incorruptible dinero. Y en ese cuarto, donde Marion amó con resignación, inicia un thriller psicológico perfectamente contado que más de medio siglo después, aún le puede devolver a una audiencia contemporánea, escéptica y nómada, la “inocencia” y la capacidad de sorpresa, perdida entre tanto contenido obsolescente. Marion encuentra la oportunidad de cambiar su vida, 40.000 dólares en efectivo le sonríen con hipocresía y la invitan a que se asome al abismo. Y camina hacia este, con una maleta y un carro modelo 50; con la cámara frente a ella y el susurro prejuicioso de nosotros, los espectadores, comienza su viaje hacia un destino que aún no se ha atrevido a soñar. Marion sola, en silencio, se enfrenta a ella misma, a sus juicios de valor que la descalifican por querer ser feliz. La noche cae con la lluvia, y cansada, paranoica, decide descansar. Un motel fantasma y oportuno le refugia sus angustias. 

“Motel Bates, tranquilidad en medio de la nada, la mejor opción para descansar: tiene vista al lago, una casa campestre grande, muy amplia… y lo mejor, es directamente atendido por su propietario.” Eso nos decimos mientras ya imaginamos lo peor.

Norman Bates, un nervioso e impredecible personaje le evidencia a Marion que las máscaras las llevamos todos. Y sí, nace para el cine uno de sus grandes villanos, un psicótico amante de la taxidermia. Él y Marion juntos, cenando, hablando, riendo. Los dos solos acompañados por pájaros omnipresentes en eterna vigilia. Un espacio que se obliga a no aceptar la muerte. A no querer entenderla. A no querer olvidarla. La tensión crece y los personajes avanzan por sus frustraciones y miedos, y aquel hombre pausado y ansioso le enseña a Marion el arrepentimiento. La hace dudar y la impulsa a que la mañana siguiente viaje de vuelta a Phoenix para desandar sus nuevos sueños y resignarse a ser quien siempre debería ser: una mujer común. Pero el peso del drama es muy fuerte, ya es tarde (el destino para Hitchcock tiene una definición bastante opuesta a la de P.T. Anderson), y el director –y al parecer con el cuervo de Allan Poe sobre su cabeza – crea el instante más famoso, oscuro y poético del cine para describir con belleza, las manías indecibles de los seres humanos. Marion cae asesinada en la ducha de un cuarto de un motel maldito, mientras una pieza de cuerdas compuesta por Bernard Herrmann llamada The Murder, acompaña el frenesí de un cuchillo. Es víctima de los celos de la vida perfecta que le prometía una maleta. Un fajo de billetes tomado a destiempo. Entonces, ya al final de esa escena, la cámara viaja a través del sifón de la ducha, llevándose con el agua para siempre la mirada suspendida de nuestra protagonista. Nuestra mirada. Perfecto. Simple. Suficiente. 

El amante de Marion, su hermana, un detective privado y el comisario de un pequeño pueblo complementan el universo bicolor de una crónica policial que enfrenta a un psicópata con el sentimiento de culpa de una mujer que imaginó una vida lejos de sí misma. Hitchcock pone todo el lenguaje del cine posible a disposición de unos espectadores que no queremos soltarle la mano. Queremos que con elegancia nos llene de terror. Maestría lineal y explicativa. Todo está claro; solo resta con bastante resignación e ironía, agradecerle por intentarnos ahogar dentro de sus propias perversiones. Se oyen nuestros aplausos.

Gracias” dijo claramente Bates en el epílogo de su drama. 

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