2001: A SPACE ODYSSEY (1968) Dir. Stanley Kubrick

Entre la imaginación y la realidad siempre se esconde la frustración. Lo que pudo ser, nunca es. Una distancia que se estira o se contrae según las expectativas. No quiero ni imaginar qué pudo ser y no fue en esta película; porque esta ficción logra una puesta en escena verosímil, paciente, auténtica y perfecta en los detalles. Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke (este último coguionista y autor del cuento corto que inspiró al director), al parecer filmaron lo que imaginaron.

Esta película, que resulta imposible de ignorar por su tamaño simbólico, su poderosa cinematografía y su merecido sitio entre las indispensables del cine contemporáneo, es ante todo un ambicioso relato que en tan solo los primeros veinte minutos nos transporta del neolítico a la era espacial. Un poema épico sin un héroe claro. O por lo menos, no humano. Sus versos –o capítulos– relatan cómo desde siempre el ser humano ha necesitado retar su inteligencia para poder sobrevivir, poder vencer. Poder despertar. Una necesidad primitiva que nos persigue desde entonces.

Por eso mismo, la maestría del director es evidente cuando decide escoger para el inicio y el final de la película el poderoso comienzo de Así Habló Zarathustra de Richard Strauss. Un poema sinfónico que en su primera parte se titula “Amanecer”. Porque cada nuevo día para el hombre es una posibilidad inmensa de extender el conocimiento hasta límites impredecibles (el autoconocimiento debería ser más inofensivo). Un recorrido de casi dos horas y media por los amaneceres y los ocasos de nuestra historia: cuatro millones de años de despertares y sueños obligados.

Durante la primera parte de la película viajamos al inicio de los tiempos del hombre: ese simio prehistórico, asustadizo y prosaico que carece de herramientas para atreverse a tener ambiciones. Bestias valientes y altivas en el día, nerviosas e inofensivas en las noches profundas de los tiempos jóvenes. Pero amanece, y tienen un día más para conocer los secretos de la roca y la arena y, con ellos, poder domesticar la noche, subordinar los miedos, ver nacer la consciencia. Soñar ambiciones.

Pero nada es suficiente, aparece de repente, retando toda razón y entendimiento de estos simios seculares, –y de nosotros los espectadores– un monolito oscuro y desafiante en la mitad de la nada: un objeto puesto por quien sabe que dios que abre un círculo de incertidumbre que obliga a teorizar. Es ahí, después de ese evento, que el hombre aprende las virtudes del pensamiento y la curiosidad (la secuencia del mono rompiendo huesos con otro más grande, mientras por corte vemos caer animales salvajes muertos, es fascinante); aquel simio entiende por fin los alcances de la inteligencia, virtud -o defecto- que nos condenarán para siempre en la película y en la vida real. El hombre con sus manos, con su imaginación y con su conocimiento crea la herramienta como concepto; la herramienta que le permite cazar y refugiarse, dibujar y viajar, pero también le permite matar, matarse. Matarnos.

Un hueso roído vuela desde la primera era durante cuatro millones de años para convertirse luego en una nave espacial muchos amaneceres después. Y el hombre moderno, simétrico y extrañamente pasivo, convive con el progreso en total armonía (El Danubio Azul acompaña la fusión entre hombre y tecnología). Perfección. Secuencias en tiempo real nos demuestran que no hay prisa en el futuro (ni en Kubrick) y que la palabra evolución se define mientras vemos cómo la máquina nos domestica. La rutina del futuro es aburrida, anodina, predecible. Pero algo sugiere un juego, una burla, un viejo reto (¿les parece conocido un monolito oscuro y desafiante?).

Tropas de científicos, físicos, astronautas, geólogos, geofísicos como simios prehistóricos intentan develar un misterio por encima de su propia razón. Derrota cantada. Ocaso. Porque si no hay un dios de por medio, lo inexplicable nos reduce a criaturas frágiles y diurnas. Nos devuelve a los primeros amaneceres. Así, vemos como nuestra inteligencia -que parecía tan incuestionable, no fue suficiente para evitar el exilio. Porque un invento llamado HAL 9000 es quien así nos lo recuerda. Y seguimos migrando, condenados a un viaje psicodélico y circular solo para entender que, muertos o vivos, el sol siempre va a despuntar. Qué más importa.

Amanece y un monolito flota sobre el espacio sin dueño alguno.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s