THE DEER HUNTER (1978) Dir. Michael Cimino

…hay personas que paulatinamente nos van salvando la vida”… escribía alguna vez William Ospina para referirse a esa ayuda que todos necesitamos para poder morir de viejos. Personas y circunstancias agregaría yo. Circunstancias que nos permiten dilatar el tiempo y seguir así, abrazados al amor y a la amistad. A la suerte.

La película después de la primera hora nos recuerda que la vida es mucho más fácil cuando transcurre dentro de una tierra conocida, de paisajes familiares y de rostros confiables. El director de forma íntima y honesta nos hace parte de un grupo de personajes masculinos que encumbran la amistad a través de la cerveza, las mujeres, el pasado, la voz de Frankie Valli y la caza. Durante gran parte de la primera mitad de la película sentimos casi en tiempo real la relación casi perfecta entre seis amigos; empezamos a conocerlos gracias a una cámara que esboza con paciencia la personalidad y el carácter de cada uno de ellos. Entendemos su complicidad, su amor mutuo, sus rasgos individuales, la razón de sus excesos; y desearíamos verlos morir de viejos, felices y ebrios, persiguiendo por siempre venados en las montañas frías de un pueblo industrial norteamericano. La vida como debería ser. Pero sabemos que el destino no es tan noble, tres de ellos (Michael, Nick y Steven) parten a Vietnam. Pareciera que en silencio supieran que están viviendo sus últimos días juntos antes que la guerra los robe para siempre.

En esos días previos a la partida, aún los vemos gozar de su compañía mutua con una emoción pueril y contagiosa: como si la adultez tan solo fuera un invento de la psicología y el tiempo. Se embriagan de noche y de día celebrando el amor y la separación, la amistad como refugio y como alegoría de la libertad. Salen de caza en las mañanas, vencidos por la cerveza, a buscar en los ojos premonitorios de los venados su redención (las escenas de caza siempre están acompañadas de una música celestial). Las tardes exitosas siempre terminan con un venado muerto sobre el capó del carro de uno de ellos. ¡Qué fácil resulta disparar! En una secuencia hermosa que cierra la primera parte de la película los seis cómplices se despiden en silencio mientras un piano acompaña la noche final. Es hora de partir.

Vietnam. Los tres amigos, ahora soldados, están presos. La guerra les ha borrado la alegría. El miedo atraviesa sus ojos y la vida se estanca en un purgatorio decorado con verde oliva. Parece claro que tres banderas llegarán plegadas a un pueblo industrial norteamericano en reemplazo de tres de sus hijos. Pero no. La suerte es una circunstancia que ellos tres parecieran maldecir, pero que, paradójicamente, los traerá de nuevo a la vida. Michael, Nick y Steven son obligados por sus verdugos a jugarse la vida en la ruleta rusa. Alguno de los tres, subestimado por el destino, tendrá que renunciar a sus sueños, para permitirle a los otros dos, el milagro de seguir haciéndolo. Pero después de la secuencia más impresionante de la película, los tres “héroes” americanos aún siguen respirando. Sentimos locura, tristeza, odio por aquellos capaces de poner frente a frente las miradas, antes adolescentes, de dos eternos hermanos para que se despidan para siempre entre la humillación, la impotencia y el olor a pólvora. Evitan el infierno porque la amistad es convicción. Y suerte. Pero sus almas quedarán para siempre condenadas al sonido de los segundos previos de un disparo. Los cazadores han sido cazados. Se ha esfumado para siempre el equilibrio, la cordura, la sensatez.

Steven (John Savage), mutilado en su alma, pasa sus días entre el hospital y el azar del bingo. Nunca pudo perdonar haber amanecido separado de su hogar 20.000 kilómetros más al oriente, abrazado a un fusil, mientras libraba una guerra contra soldados disfrazados de fantasmas. No soportó haber estado tan cerca de la muerte; haberla oído como moscas entre las orejas.

Nick (Christopher Walken) renunció a la realidad y se burla de la vida enfrentándola todas las noches con una pistola en la cien. Un jugador de ruleta rusa profesional, que en la oscuridad de una Saigón surrealista y decadente, compite con seres miserables por el privilegio de un día más en la vida de los olvidados. El miedo convertido en vicio.

Michael, por el contrario, se refugia en sí mismo para evadir la locura. Es testigo del desequilibrio de sus hermanos de la vida y de la guerra, por eso, intenta desde su cotidianidad protegerse de los sonidos del pasado. Un soldado que sana en el silencio.

La última parte de la película termina con una promesa rota. La guerra ha acabado, pero muchos siguen adictos a la incertidumbre y al juego. A la derrota.

La suerte es un número del bingo, un error de cálculo, un destino, una coincidencia. La suerte son los amigos de la vida, el amor correspondido, los venados vivos, una cerveza fría. Una balada romántica. La suerte, es la muerte o la vida, pero es, ante todo, la recámara vacía del tambor de un revólver. Dios bendiga América.

Un comentario en “THE DEER HUNTER (1978) Dir. Michael Cimino

  1. Una lectura de las intenciones plamsada de forma honesta. Traduciendo la fuerza de las imágenes en suaves palabras y evitando caer en lo pretencioso. Gran sensibilidad es evidente en el escrito. Incluso llenando vacíos que el director no pudo, revelando así la verdadera función del cine: llevarnos en viaje personal e ínitmo donde el espectador completa la obra. Un texto que expande el film y nos hace participes de esta experiencia ínitma y personal de quien reseña esta maravillosa película. Esta es una placentera introducción a un film que requiere de gran inversión emocional (y de tiempo) por parte su espectador.

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