DANCER IN THE DARK (2000) Dir. Lars Von Trier

“En los musicales nunca pasa nada malo…” Selma.

Termina la película y no recuerdo ninguna canción. Es extraño ver un musical de más de dos horas y solo ser capaz de estar en silencio. Me siento cansado y con la mente pesada, nublada. No fue una película fácil de ver. Una ficción realmente exigente. Un drama musical tan bien logrado, que su guión poco creíble resulta un detalle de poca importancia. El director me llevó de la mano con lentitud y delicadeza hasta un modesto patíbulo para ser testigo de la poética del último adiós. Un cine para crédulos e inocentes enamorados del heroísmo detrás de la tragedia. En 7 actos, en 7 canciones, la historia cuenta como los seres humanos renunciamos a la lógica cuando nos queda imposible entender la narrativa de la vida. Cuando sabemos que, por fuerzas ajenas, nuestro camino se estrecha y no resta más que cantar con la certeza que pronto dejaremos de oírnos.

No hay juicios de valor en la cámara de Lars von Trier. Cada personaje actúa de acuerdo a su desesperación. “Los muros siempre son altos” susurra Selma (Bjork le presta su naturalidad a este hermoso personaje) refiriéndose a la caprichosa lógica de las malas noticias. Ella, como el ejemplo tácito del héroe-víctima, es arrastrada por la traición y la enfermedad, para luego ser redimida permanentemente por nosotros los espectadores. Su vida es una tragedia particular que difícilmente podía ser descrita en una narrativa convencional. Solo un musical (¿importa la ironía?) podría hacerle justicia a una historia que necesita de la danza para burlar la realidad. Recuerdo la muy usada y manoseada cita de Mandela cuando escribía que realmente nunca estuvo preso, que su mente, desde que fue condenado a ver la vida a través de unos barrotes, fue siempre libre mientras tuviera un libro en sus manos. Selma, una hermosa mujer casi ciega, de ternura infantil y de nobleza exagerada nunca dejó de bailar ni de cantar a pesar que la vida le apretaba el alma con fuerza y constancia. Dos almas incorruptibles, una universal y real, la otra tan solo una ligera obsesión de un artista enorme, que nos esbozan las contradicciones de la bondad (la comparación resulta exagerada pero necesaria). Nuestra protagonista pudo liberarse de las limitaciones físicas –una ceguera algo particular- y de una realidad agobiante por medio de su inconmensurable amor a la música, al baile, a su hijo. Inventaba mundos paralelos para enseñarnos a todos que la resignación reposa cerca al corazón cuando se ha vivido fiel a uno mismo. La aceptación de haber hecho lo correcto. Un personaje crédulo que le era imposible entender que, sí podía existir la música, como podía existir la maldad. Un corazón intacto y bastante ingenuo. “El tiempo que se demora en caer una lágrima es suficiente para perdonar” se repetía Selma constantemente. No vale la pena sufrir, así estemos condenados a hacerlo siempre. Es por eso que la música nos ayuda a disimular nuestra realidad; una distorsión necesaria si pretendemos tolerar con cierta alegría un destino muchas veces difícil de imaginar. Es así como siempre viviremos imaginando el final feliz de nuestra propia fábula sin importar que sepamos, que irreductiblemente todos vamos a la horca.

Después de leer los mandamientos del movimiento Dogma 95, es claro que muchas de las premisas son vulgarmente incumplidas en esta película. El cine de autor recobra la importancia del cine clásico francés, la técnica y la música también ignoran el presumido arte de reglamentar el arte. El poder artístico de la película debía estar por encima de cualquier “límite” que pudiera restarle belleza. Lars von Trier logra una puesta en escena intrigante, contradictoria, hermosa y elegante; una cámara en mano acompaña un drama que está muy por encima del propio ego del creador. La psicología de la imagen se pone en evidencia cuando el color satura deliberadamente las escenas oníricas del baile; el éxtasis es vibrante, la vida de la protagonista está llena de matices y tonos cuando imagina la felicidad cerca al sonido de su voz; sus ojos son inútiles y necios, porque lo único que desea es poder bailar su drama.

Los caprichos del director se sienten durante toda la película; desde sus juegos de edición de cortes abruptos, hasta su muy evidente y criticada obsesión de realzar el sufrimiento siempre a través de protagonistas femeninas. Resulta interesante y muy vanidoso fundar un movimiento artístico que obliga a su respeto absoluto por medio de votos de castidad, para luego precisamente contradecirlo, escupirlo e ignorarlo. Decía Picasso que las reglas y la teoría hay que conocerlas y dominarlas para luego poderlas destruir con convicción y contundencia: sin cuestionamientos o arrepentimiento. Si la belleza se deriva del caos, Lars von Trier es un beligerante exquisito. Y ese puede ser el mantra por excelencia de muchos artistas: el irrespeto constante a sí mismos.

Uno de los mandamientos de Dogma 95 sentenciaba que, ninguna película de este movimiento debía ir firmada por su director. Queda claro que, durante el musical, Lars von Trier estampó su firma cada vez que le vino en gana; su vanidad resultó ser necesaria para poderle reconocer su maestría y su arrogancia.

Las películas de Dogma 95 (sabiendo de antemano que aún me faltan varias por ver), parecieran traer siempre historias y dramas inteligentes que rompen la rutina de un cine en su mayoría pasivo y homogéneo. Es un deleite dejarse sorprender y seducir por los errores de la experimentación. Si Dogma 95 fue en su momento un movimiento creado como estrategia de marketing para que el mundo del cine mirara con expectativa y curiosidad el arte danés, creo que su propósito mercenario (como todo en el arte, y eso no está para nada mal), obligó a sus autores a respaldar con talento y rigurosidad su promesa de venta.

“En los musicales nunca pasa nada malo…”, hermosa reflexión de nuestra protagonista que la condena a una ingenuidad perpetua, a una nobleza sintomática de una mujer pura, pero ciega.

Y a diferencia de Selma, mientras mis lágrimas caían, me fue imposible perdonar.

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