CITIZEN KANE (1941) Dir. Orson Welles

“Maybe Rosebud was something he couldn’t get, or something he lost.” Thompson.

Potente y magistral película. En 1941 y con tan solo veintiséis años, Orson Welles dirigió su deslumbrante ópera prima Citizen Kane. Datos precoces que evidenciaban la temprana genialidad de un artista enorme, voluptuoso. Que forma natural de entender las posibilidades del cine. Con un lenguaje rico en recursos y una estructura narrativa que influenciaría para siempre los códigos del nuevo arte, construyó un falso documental con una libertad envidiable. Y además, como si aún faltaran razones, la misteriosa y perfecta fotografía (empiezo a entender la importancia de Gregg Toland y del claro oscuro) y la sobria composición musical de un Bernard Herrmann terrenal (aún no era una leyenda) terminan por elevar a imprescindible una película fascinante.

Desde el primer momento el misterio está dado: “No Trasspasing” aparece en la pantalla. La cámara, con elegancia, traspasa lo prohibido y nos deja frente a la muerte surrealista de un anciano, nuestro protagonista: Charles Foster Kane. Un personaje que nació con la suerte de los dioses y creó, ya adulto, su propio Olimpo mediático. Welles, con un falso documental en la segunda secuencia, nos presenta un rápido y elocuente perfil de Kane; sus inicios, sus amores, sus errores, sus contradictores. “¡Es un comunista!” gritan unos; “¡es un fascista!” dicen otros; “¡soy un americano!” aclara él.

Las primeras planas de los periódicos en donde Kane es y ha sido noticia se transforman, gracias al director, en el vehículo que nos lleva a través del tiempo para develar con paciencia las particularidades de un personaje poderoso, famoso, contradictorio y amado. Y es precisamente una noticia (que paradoja) el punto de partida de toda la historia: las últimas palabras que Kane pronunció antes de morir: “Rosebud”. Este punto de quiebre da inicio a una vertiginosa búsqueda por encontrarle sentido a esa expresión. Thompson, un curioso periodista que, intrigado por el fondo emocional de la palabra, reconstruye por medio de los relatos de quienes amaron y odiaron a Kane, la línea cronológica de una vida que se apagó entre susurros y habladurías. A partir de este punto, se inicia un ejercicio de estructura narrativa impresionante: el tiempo presente de la película persigue a nuestro persistente investigador, mientras el relato en pasado de la vida de Kane, toma forma en flash-backs consecutivos, disparados en orden por escritos, voces, lágrimas y pensamientos de aquellos que lo conocieron: Thatcher, Leland, Susan, Bernstein y el mayordomo. Así, el misterio empieza a aclararse, y nosotros, a querer entender las motivaciones de un hombre, que en sus inicios era generoso y leal, pero ya en su cenit, un megalómano incurable. El retrato certero del estadounidense todopoderoso, dueño de un mundo y una época donde pensar, era un gusto burgués.

La riqueza visual de la película es interminable: cámaras rítmicas que componen una narración perfecta, secuencias sin cortes impensables para su época (hermoso plano donde la cámara enfoca un afiche de Susan la artista, y desde ahí, atraviesa la lluvia, la noche y el letrero del bar, para luego caer a través de un vidrio roto sobre el rostro de la cantante); noticias de periódicos que viajan entre el pasado, el presente y el futuro sin ningún complejo. Planos psicológicos con la totalidad de la escena en foco; uso narrativo del primer plano (el alma del cine como lo describía Epstein) para aproximar el drama, contrapicados incómodos que registran la imagen altiva y glorificada de un personaje que se deshace en el tiempo. Cámaras que salen y entran; encuadres imponentes y de mucha relevancia política (Kane frente a la masa enarbolando sus banderas de lucha –¿Welles habrá visto documentales de Riefenstahl?), planos experimentales que juegan con lo infinito. En fin, un discurso, en su forma estética y narrativa, profundo. Calculado. Predictivo.

La memoria de los personajes, poco a poco, van revelando la vida de Kane: un viaje en descenso por la gloria y la deshonra de un dios moderno. La traición a la amistad y a sí mismo, la falta de decoro, sus excesos y vanidades, su inocente manía de manipular la verdad, sus contradicciones políticas, su ego. “Ya no te quiere el público” parecieran gritarle todos. Pero la sordera de los que lo tienen todo, lo enmudece.

Thompson, el curioso y resignado reportero, abandona la búsqueda. Descubre el espíritu corrupto de un personaje intimidado por su propia imagen. Dentro de una mansión enorme, perdido en un mar de objetos que no quieren hablar, el periodista se da cuenta de lo inútil que resulta caminar mirando hacia atrás por la vida de un mito. En la secuencia final, una cámara arrepentida se retira con lentitud y timidez de una escena que parece ya no importar. Durante el recorrido enfoca a varios trabajadores que con rigor queman objetos que eran parte de la vida de Charles Foster Kane. Deliberadamente la imagen se detiene frente al trineo que nuestro protagonista usaba de niño para jugar. En esa hoguera de fuego en blanco y negro, pareciera quemarse para siempre la infancia a la que obligado, tuvo que renunciar. “Rosebud” se lee en ese primer juguete que Kane usaba cuando el mundo y sus promesas parecían más inocentes.

Ese secreto aún viaja, entre cenizas y agua, sin que ya nadie pueda escucharlo.

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